martes, septiembre 15, 2009

Operación Andorra

Episodio III
En Andorra sólo hay dos cosas que se pueden hacer: esquiar en invierno o evadir impuestos. Como era verano nos inclinamos por la segunda. Una pancarta con la leyenda “El glamour no hay que declararlo en la aduana” nos alertó del próximo arribo a un centro comercial, una suerte de Duty Free.
Obviamos las pilas y pilas de tabaco, y los anaqueles infinitos de alcohol. Nos dirigimos al lugar de los quesos, las galletas y los tés. En total evadimos como un euro con 34 centavos. La Operación caminaba sobre ruedas (las del carrito del supermecardo). Todo salía a pedir de boca.
Al cabo de una hora volvimos al auto. Era momento de completar la misión.
Llegamos a la garita. El guardia cordial no estaba, sólo el especialista en el Solitario. Le entregué mi pasaporte. Lo revisó y se dio cuenta que era el
mismo que un par de horas antes había sellado de salida. El rostro se le descompuso (más) y sentenció: “¡No voy a prorrogar tu estancia! ¡No te voy a sellar la entrada!”.
El tiempo se dilató. El viento apresuró la llegada de las nubes negruzcas. Si hubiera habido cuervos sobre la garita habrían levantado el vuelo. Era como si me hubiera convertido en Atreyu y la Nada viniera por mí.
Intenté argumentar mi solicitud y situación, pero a cada palabra mía el guardia respondía “que no, que no”. Apresuró nuestro tránsito porque había varios autos detrás de nosotros. Pedí explicarle directamente. Con cierta soberbia nos indicó dónde podíamos estacionar el coche.
Me acerqué pensado en posibles escenarios: atrapado para siempre en Andorra, conducido al Puerto de Palos para mi deportación, la Nada me absorbería, o tal vez, sólo tal vez, podría convencerlo. Pero la realidad superó mi ficción.
El encargado de salvaguardar el espacio español se negó rotundamente a sellar en ese momento mi pasaporte. “Vuelve el sábado (era martes), cuando expire tu visado”, me dijo, y me dejó entrar a su territorio. Así, entré en un meta-estado migratorio. El Dr. Jekyll se había quedado en Andorra y Mr. Hyde podía pasear por España.

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