Episodio I
Para prorrogar mi visado de estudiante intenté de todo. Solicité telefónicamente una cita en una dependencia encargada de estos temas para poder extender mi visado. La primera vez que lo intenté me dieron cita para cuando ya no la necesitaba, la segunda me dijeron que mi visado era improrrogable, pero que fuera a una comandancia de policía a ver qué podía arreglar.
En la comandancia me dijeron que la prórroga que solicitaba sólo la podía tramitar la embajada española en México, que por qué no iba y regresaba. Le expliqué lo costoso que es el viaje. A lo que mi interlocutor me contestó: “No creo que te pase nada si te quedas un par de meses más. Total, no eres narco... Aunque si lo fueras seguro podrías ir y regresar sin problema”. Sin palabras.
Luego acudí a una oficina de extranjería. Probablemente ahí me darían una solución más sensata, pensé. La mujer que me atendió, a diferencia del resto de los encargados de salvaguardar el espacio español, dio visos de estar enterada de lo que se trataba su trabajo. Me confirmó que mi tipo de visado era improrrogable. En mi caso, continuó, lo que podía hacer era salir y volver al espacio de Schengen para asegurarme 90 días más estancia, pero esta vez como turista. Me sugirió que fuera a algún lugar en el Reino Unido o África, o si quería algo menos refinado o exótico podía ir a Gibraltar o a Andorra. Opté por Andorra.
El plan era sencillo: ir al paso fronterizo españo-andorrino próximo el vencimiento de mi visado, cruzar hacia Andorra, pedir que me pongan un sello de salida, tomarme una cerveza en Andorra la Vella (la capital), volver al cruce, al ingresar a España pedir el sello de entrada y listo.
Luego acudí a una oficina de extranjería. Probablemente ahí me darían una solución más sensata, pensé. La mujer que me atendió, a diferencia del resto de los encargados de salvaguardar el espacio español, dio visos de estar enterada de lo que se trataba su trabajo. Me confirmó que mi tipo de visado era improrrogable. En mi caso, continuó, lo que podía hacer era salir y volver al espacio de Schengen para asegurarme 90 días más estancia, pero esta vez como turista. Me sugirió que fuera a algún lugar en el Reino Unido o África, o si quería algo menos refinado o exótico podía ir a Gibraltar o a Andorra. Opté por Andorra.
El plan era sencillo: ir al paso fronterizo españo-andorrino próximo el vencimiento de mi visado, cruzar hacia Andorra, pedir que me pongan un sello de salida, tomarme una cerveza en Andorra la Vella (la capital), volver al cruce, al ingresar a España pedir el sello de entrada y listo.
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