martes, septiembre 15, 2009

Operación Andorra

Episodio II
Para darle un toque policiaco, salí a media noche rumbo a Barcelona. Después de ocho horas mortuorias de autobús llegué a mi destino. Me dirigí al punto donde me encontraría con mi contacto catalán. Al llegar me preguntó ¿Jalas o te ahorcas? Debe ser una especie de pregunta/contraseña, pensé. Respondí: Jalo.
Subimos al auto y tres horas y media después estábamos a la entrada de los Pirineos, donde comienza a diluirse el territorio español. No sabíamos bien a bien qué hacer, dónde parar, cuándo preguntar, a quién dirigirnos. Optamos por detenernos a la menor provocación, claro, siempre y cuando un uniformado estuviera de por medio, aunque debía tener cuidado de las escolares porque podía terminar con un sello de *Hello Kitty* en mi pasaporte.
Paramos en la aduana española, ahí un mozo de escuadra nos presionó preguntándonos que por qué nos deteníamos. Seguimos. Metros más adelante vimos seis garitas migratorias, tres españolas y frente a éstas sus pares andorranas. Como si tratáramos de batir un récord de errores nos formamos con el auto en la línea donde no había guardias españoles. Llegamos a donde los andorranos y nos dijeron que ellos no ponían sellos, que apuráramos el paso.
Cuando la operación Andorra estaba a punto de fracasar, decidimos estacionar el auto en suelo andorrano. Resuelto como seleccionado nacional mexicano al tirar un penalty en un mundial, tomé mis papeles y me dirigí a pie a la garita española. Las pulsaciones se incrementaban. No tardó el sudor frío. Cualquiera que me hubiera visto habría pensado que acababa de asesinar a mi acompañante y que me dirigía a la policía a confesarlo.
Llegué. Había dos guardias. Puse mi pasaporte sobre el cristal y les dije: “Ya me voy y no soy de aquí; pónganme un sello, por favor”. Abrió el que estaba de pie y con actitud cordial me dijo: “¡Ah, mexicano! ¿Qué tal va lo de la gripe?”. “¡Ah, no se preocupe! Ya está en todo el mundo.”, respondí.
Tomó mi pasaporte y junto con su colega, como si fueran dos agentes del CSI: La Seu d’Urgell, inspeccionaron mi documento. Parecía que más que las fechas del visado, les intrigaban los escudos de los estados mexicanos. Después de cerrar el Solitario, revisaron mi situación migratoria en la computadora. Le pusieron un sello de salida a mi pasaporte que apenas si se veía. “No se ve muy bien, pero se entiende. No debes tener problemas.”, sentenció. Agradecí y me retiré. La mitad de la Operación Andorra había sido un éxito.

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