miércoles, septiembre 23, 2009

Operación Andorra

Episodio V


Comenzaba a pensar que la calamidad era parte de mi material genético.

Al final soy mexicano, pensé. Nací en donde las enfermedades cunden al compás de los movimientos de tierra; o donde una sequía devastadora termina con un huracán apocalíptico. Vamos, donde las desgracias terminan cuando se sucede otra desgracia.

Tal vez deba resignarme a mi destino. Ya no voy a hacer nada. Si me deportan, bien; y si no, esperaré a volver a México para saber si me fichan de por vida.

Estaba en ese ejercicio muy mexicano de rendirle tributo a mi mala suerte cuando sonó el teléfono. Era mi contacto catalán. Con cierta exaltación me contó que un convoy encabezado por una de sus primas partiría al día siguiente del Enclave Oculto en lo Profundo de Cataluña rumbo a una reunión ultrasecreta en un pueblo próximo a La Seu d’Urgell.

“¿Jalas o te ahorcas?” me volvió a preguntar. Dubitativo salí al balcón buscando en el cielo una señal que me iluminara. Divisé un astro precipitándose ¿será una estrella fugaz que me augura felicidad o una bola de fuego que me presagia un funesto final?

Recordé el final del primer “jalas o te ahorcas”: La mitad de la Operación Andorra había sido un éxito.

- Jalo.

- Muy bien, el plan es el siguiente: debes tomar el tren de las mil cuarenta y seis en dirección A y bajarte en B. Ahí te estaremos esperando, después te irás con mi prima y el convoy, dejarán a los acompañantes en la reunión ultrasecreta, seguirán hasta la frontera, la cruzarán sin detenerse y al volver pararán en la garita para que te sellen la entrada. ¿Está claro?

- Sss ¡sí!

- Muy bien. Hasta mañana.

Y colgó.

Operación Andorra

Episodio IV


Martes y miércoles no hice más que deambular por algunas de las fiestas de los barrios más tradicionales de Barcelona. Entre caña y caña repasaba el minuto a minuto de la Operación. ¿Qué falló? ¿Cuál parte de mí es indocumentada? ¿Será posible que el sábado me deporten? ¿Faláfel o shawarma? ¿Y si me pido mejor una caña doble? Preguntas y preguntas que no hallaban respuesta.

Al día siguiente salimos rumbo a un enclave oculto en lo profundo de Cataluña. Mi contacto y yo resolvimos separarnos a la mañana siguiente. Mi doble personalidad legal le estaba quitando días valiosos de vacaciones. Además, estábamos muy vistos por los guardias fronterizos.

El viernes, antes de volver a Barcelona, sostuve una última reunión de alto nivel con mi contacto y su familia. Los padres ofrecieron conectarme con un contacto Andorrano para que me llevara a la frontera el sábado y así reunirme, cual programa del corazón, con mi Gemelo Maligno. Le llamaron, pero estaba en misión especial en Rotterdam. Hasta el martes siguiente podía acompañarme.Perfecto, pensé; el plan B estaba listo, ahora sólo tenía que idear el A.

Con la mirada clavada en un campo de girasoles desorientados ideé una terapia para conciliar al Dr. Jeckyll con Mr. Hyde y así tener un único Ser documentado.

Recordé que ese día volvería a Barcelona un tercer contacto, esta vez mexicano, después de pasar unos días de paz y quietud, introspección y meditación, en Ibiza. Así, el plan consistía en rentar un auto el sábado por la mañana para volver a la línea fronteriza.

Próxima la penumbra llegué a casa de mi contacto mexicano, pero por desgracia también llegó el imponderable que acabó con mi brillante plan: ninguno de los dos teníamos licencia para conducir; así ni Dios nos presta un coche, es más, de haber sabido, ni nazco, pensé.

martes, septiembre 15, 2009

Operación Andorra

Episodio III
En Andorra sólo hay dos cosas que se pueden hacer: esquiar en invierno o evadir impuestos. Como era verano nos inclinamos por la segunda. Una pancarta con la leyenda “El glamour no hay que declararlo en la aduana” nos alertó del próximo arribo a un centro comercial, una suerte de Duty Free.
Obviamos las pilas y pilas de tabaco, y los anaqueles infinitos de alcohol. Nos dirigimos al lugar de los quesos, las galletas y los tés. En total evadimos como un euro con 34 centavos. La Operación caminaba sobre ruedas (las del carrito del supermecardo). Todo salía a pedir de boca.
Al cabo de una hora volvimos al auto. Era momento de completar la misión.
Llegamos a la garita. El guardia cordial no estaba, sólo el especialista en el Solitario. Le entregué mi pasaporte. Lo revisó y se dio cuenta que era el
mismo que un par de horas antes había sellado de salida. El rostro se le descompuso (más) y sentenció: “¡No voy a prorrogar tu estancia! ¡No te voy a sellar la entrada!”.
El tiempo se dilató. El viento apresuró la llegada de las nubes negruzcas. Si hubiera habido cuervos sobre la garita habrían levantado el vuelo. Era como si me hubiera convertido en Atreyu y la Nada viniera por mí.
Intenté argumentar mi solicitud y situación, pero a cada palabra mía el guardia respondía “que no, que no”. Apresuró nuestro tránsito porque había varios autos detrás de nosotros. Pedí explicarle directamente. Con cierta soberbia nos indicó dónde podíamos estacionar el coche.
Me acerqué pensado en posibles escenarios: atrapado para siempre en Andorra, conducido al Puerto de Palos para mi deportación, la Nada me absorbería, o tal vez, sólo tal vez, podría convencerlo. Pero la realidad superó mi ficción.
El encargado de salvaguardar el espacio español se negó rotundamente a sellar en ese momento mi pasaporte. “Vuelve el sábado (era martes), cuando expire tu visado”, me dijo, y me dejó entrar a su territorio. Así, entré en un meta-estado migratorio. El Dr. Jekyll se había quedado en Andorra y Mr. Hyde podía pasear por España.

Operación Andorra

Episodio II
Para darle un toque policiaco, salí a media noche rumbo a Barcelona. Después de ocho horas mortuorias de autobús llegué a mi destino. Me dirigí al punto donde me encontraría con mi contacto catalán. Al llegar me preguntó ¿Jalas o te ahorcas? Debe ser una especie de pregunta/contraseña, pensé. Respondí: Jalo.
Subimos al auto y tres horas y media después estábamos a la entrada de los Pirineos, donde comienza a diluirse el territorio español. No sabíamos bien a bien qué hacer, dónde parar, cuándo preguntar, a quién dirigirnos. Optamos por detenernos a la menor provocación, claro, siempre y cuando un uniformado estuviera de por medio, aunque debía tener cuidado de las escolares porque podía terminar con un sello de *Hello Kitty* en mi pasaporte.
Paramos en la aduana española, ahí un mozo de escuadra nos presionó preguntándonos que por qué nos deteníamos. Seguimos. Metros más adelante vimos seis garitas migratorias, tres españolas y frente a éstas sus pares andorranas. Como si tratáramos de batir un récord de errores nos formamos con el auto en la línea donde no había guardias españoles. Llegamos a donde los andorranos y nos dijeron que ellos no ponían sellos, que apuráramos el paso.
Cuando la operación Andorra estaba a punto de fracasar, decidimos estacionar el auto en suelo andorrano. Resuelto como seleccionado nacional mexicano al tirar un penalty en un mundial, tomé mis papeles y me dirigí a pie a la garita española. Las pulsaciones se incrementaban. No tardó el sudor frío. Cualquiera que me hubiera visto habría pensado que acababa de asesinar a mi acompañante y que me dirigía a la policía a confesarlo.
Llegué. Había dos guardias. Puse mi pasaporte sobre el cristal y les dije: “Ya me voy y no soy de aquí; pónganme un sello, por favor”. Abrió el que estaba de pie y con actitud cordial me dijo: “¡Ah, mexicano! ¿Qué tal va lo de la gripe?”. “¡Ah, no se preocupe! Ya está en todo el mundo.”, respondí.
Tomó mi pasaporte y junto con su colega, como si fueran dos agentes del CSI: La Seu d’Urgell, inspeccionaron mi documento. Parecía que más que las fechas del visado, les intrigaban los escudos de los estados mexicanos. Después de cerrar el Solitario, revisaron mi situación migratoria en la computadora. Le pusieron un sello de salida a mi pasaporte que apenas si se veía. “No se ve muy bien, pero se entiende. No debes tener problemas.”, sentenció. Agradecí y me retiré. La mitad de la Operación Andorra había sido un éxito.

Operación Andorra

Episodio I
Para prorrogar mi visado de estudiante intenté de todo. Solicité telefónicamente una cita en una dependencia encargada de estos temas para poder extender mi visado. La primera vez que lo intenté me dieron cita para cuando ya no la necesitaba, la segunda me dijeron que mi visado era improrrogable, pero que fuera a una comandancia de policía a ver qué podía arreglar.
En la comandancia me dijeron que la prórroga que solicitaba sólo la podía tramitar la embajada española en México, que por qué no iba y regresaba. Le expliqué lo costoso que es el viaje. A lo que mi interlocutor me contestó: “No creo que te pase nada si te quedas un par de meses más. Total, no eres narco... Aunque si lo fueras seguro podrías ir y regresar sin problema”. Sin palabras.
Luego acudí a una oficina de extranjería. Probablemente ahí me darían una solución más sensata, pensé. La mujer que me atendió, a diferencia del resto de los encargados de salvaguardar el espacio español, dio visos de estar enterada de lo que se trataba su trabajo. Me confirmó que mi tipo de visado era improrrogable. En mi caso, continuó, lo que podía hacer era salir y volver al espacio de Schengen para asegurarme 90 días más estancia, pero esta vez como turista. Me sugirió que fuera a algún lugar en el Reino Unido o África, o si quería algo menos refinado o exótico podía ir a Gibraltar o a Andorra. Opté por Andorra.
El plan era sencillo: ir al paso fronterizo españo-andorrino próximo el vencimiento de mi visado, cruzar hacia Andorra, pedir que me pongan un sello de salida, tomarme una cerveza en Andorra la Vella (la capital), volver al cruce, al ingresar a España pedir el sello de entrada y listo.