Episodio VI & VII
Al parecer Mr. Hyde quería seguir en el limbo migratorio porque llegué a la estación de tren faltando 20 minutos para las 11 de la mañana. Las máquinas no vendían el tipo de billete que necesitaba, y el tamaño de las filas en las ventanillas invitaba a volver otro día. Para llegar con el vendedor tuve que aplicar la técnica de “¡Ay! Perdone, no me di cuenta que usted estaba formado”.
El vendedor me dijo que ya no alcanzaba el tren de las 10:46am, que si quería el boleto para el siguiente (11:49am). Mi sueño de legalidad comenzaba a desvanecerse. ¿Me puedo subir en el de las 10:46 con el boleto del de las 11:49 si todavía no sale?, le pregunté. Sin dar tiempo a que terminara de asentir salí disparado como Usain Bolt después del On your marks, ready… go!
Corrí como si estuviera promocionando un antitranspirante. Llegué al tren. Había tanta gente dentro que mi mochila quedaba fuera. Me apretujé tanto que importuné a un par de chicas con rasgos nórdicos. Con la mirada les dije “Soy Martínez, Mario Martínez, y estoy en una misión especial”, a lo que ellas respondieron, también con la mirada, “¿Quién te preguntó? Hazte para allá”.
Todavía no recuperaba el aliento cuando me invadió la angustia de no estar seguro que estaba en el tren correcto. Comenzaba a maldecirme cuando escuché a la distancia:
-¡Hola X! ¿Vas para A?
-¡Sí! ¿Y tú?
-¡También!
Resoplé, lo cual le volvió a molestar a las nórdicas.
Después de una hora y media llegué a B. Salí de la estación y no vi a mi contacto. Comenzaba a maldecirme de nuevo cuando escuché mi nombre. Mi contacto me indicó que el convoy estaba en un bar porque los amigos de su prima se habían ido de fiesta la noche anterior y estaban muy despostillados. Los vi, un par de veinteañeros, y confirmé el diagnóstico.
Pasaron las primeras tres y nos detuvimos a comer en el estacionamiento de una gasolinera. Salimos del auto y nos encaminamos a la sombra de un árbol un tanto alejado. Después de los bocatas el más joven de los acompañantes sacó una cajita negra y la comenzó a manipular como si quisiera desaparecerla.
Después de un rato la abrió y extrajo un poco de marihuana. Se forjó un gallo y lo compartió con su colega. Al ver la escena, por dentro me escandalicé como si fuera un padre que se entera que su hijo fuma mota.
Recordé amargamente y repetidamente al policía que me dijo en Madrid “No creo que te pase nada si te quedas un par de meses más. Total, no eres narco, narco, narco, narco…“.
Buena la he hecho, pensé. Ahora sí, en la de buenas sólo me deportan, en la de malas ya veo al juez Garzón ligándome con algún cártel mexicano.
Comenzaba a maldecirme de nuevo cuando sonó mi celular. Me levanté abruptamente y me alejé lo más posible para “contestar”. Era un mensaje publicitario, pero hice como que hablaba esperando a que concluyera la sobremesa.
De vuelta en el auto no tardamos en llegar al pueblo de la Reunión Ultrasecreta. Dejamos a los amigos en el convite y nos marchamos a la frontera. En el camino algunos miembros de la Reunión nos llamaron para pedirnos que compráramos en Andorra alcohol y tabaco. Por la cantidades que solicitaron daba la impresión de que querían poner un bar en las Ramblas.
Cruzamos la frontera e hicimos las compras.
Al volver mis pupilas comenzaron a dilatarse, lo mismo que el vello a erizarse y el ritmo cardiaco a incrementarse. Un poco más larga la fila de autos y me da un ataque cardiaco.
Al llegar a la garita española descubrimos que no había guardias.
Comenzaba a maldecirme otra vez cuando la prima de mi contacto catalán me preguntó si se detenía. Sí, por favor, contesté. Bajé del auto y con mis documentos en mano caminé a la garita. Comprobé que no había guardia alguno y me quedé inmóvil esperando a que alguien uniformado se me acercara.
Pasaron algunos minutos y nada. Volteé a la garita andorrana e identifiqué a un guardia español. Me acerqué con los mil y un discursos que tenía elaborados. Los andorranos le advirtieron de mi presencia y éste salió a mi paso.
¡Hola!, dije instintivamente.
Pronto descubrí que ese guardia era el mismo que el martes no me quiso sellar la entrada. Comenzaba a maldecirme por enésima vez cuando muy sonriente me dijo: “¡Ah, eres el del sábado!”
Tomó mi pasaporte y mientras buscaba el sello de entrada, Jekyll abrazó a Hyde.
El vendedor me dijo que ya no alcanzaba el tren de las 10:46am, que si quería el boleto para el siguiente (11:49am). Mi sueño de legalidad comenzaba a desvanecerse. ¿Me puedo subir en el de las 10:46 con el boleto del de las 11:49 si todavía no sale?, le pregunté. Sin dar tiempo a que terminara de asentir salí disparado como Usain Bolt después del On your marks, ready… go!
Corrí como si estuviera promocionando un antitranspirante. Llegué al tren. Había tanta gente dentro que mi mochila quedaba fuera. Me apretujé tanto que importuné a un par de chicas con rasgos nórdicos. Con la mirada les dije “Soy Martínez, Mario Martínez, y estoy en una misión especial”, a lo que ellas respondieron, también con la mirada, “¿Quién te preguntó? Hazte para allá”.
Todavía no recuperaba el aliento cuando me invadió la angustia de no estar seguro que estaba en el tren correcto. Comenzaba a maldecirme cuando escuché a la distancia:
-¡Hola X! ¿Vas para A?
-¡Sí! ¿Y tú?
-¡También!
Resoplé, lo cual le volvió a molestar a las nórdicas.
Después de una hora y media llegué a B. Salí de la estación y no vi a mi contacto. Comenzaba a maldecirme de nuevo cuando escuché mi nombre. Mi contacto me indicó que el convoy estaba en un bar porque los amigos de su prima se habían ido de fiesta la noche anterior y estaban muy despostillados. Los vi, un par de veinteañeros, y confirmé el diagnóstico.
Pasaron las primeras tres y nos detuvimos a comer en el estacionamiento de una gasolinera. Salimos del auto y nos encaminamos a la sombra de un árbol un tanto alejado. Después de los bocatas el más joven de los acompañantes sacó una cajita negra y la comenzó a manipular como si quisiera desaparecerla.
Después de un rato la abrió y extrajo un poco de marihuana. Se forjó un gallo y lo compartió con su colega. Al ver la escena, por dentro me escandalicé como si fuera un padre que se entera que su hijo fuma mota.
Recordé amargamente y repetidamente al policía que me dijo en Madrid “No creo que te pase nada si te quedas un par de meses más. Total, no eres narco, narco, narco, narco…“.
Buena la he hecho, pensé. Ahora sí, en la de buenas sólo me deportan, en la de malas ya veo al juez Garzón ligándome con algún cártel mexicano.
Comenzaba a maldecirme de nuevo cuando sonó mi celular. Me levanté abruptamente y me alejé lo más posible para “contestar”. Era un mensaje publicitario, pero hice como que hablaba esperando a que concluyera la sobremesa.
De vuelta en el auto no tardamos en llegar al pueblo de la Reunión Ultrasecreta. Dejamos a los amigos en el convite y nos marchamos a la frontera. En el camino algunos miembros de la Reunión nos llamaron para pedirnos que compráramos en Andorra alcohol y tabaco. Por la cantidades que solicitaron daba la impresión de que querían poner un bar en las Ramblas.
Cruzamos la frontera e hicimos las compras.
Al volver mis pupilas comenzaron a dilatarse, lo mismo que el vello a erizarse y el ritmo cardiaco a incrementarse. Un poco más larga la fila de autos y me da un ataque cardiaco.
Al llegar a la garita española descubrimos que no había guardias.
Comenzaba a maldecirme otra vez cuando la prima de mi contacto catalán me preguntó si se detenía. Sí, por favor, contesté. Bajé del auto y con mis documentos en mano caminé a la garita. Comprobé que no había guardia alguno y me quedé inmóvil esperando a que alguien uniformado se me acercara.
Pasaron algunos minutos y nada. Volteé a la garita andorrana e identifiqué a un guardia español. Me acerqué con los mil y un discursos que tenía elaborados. Los andorranos le advirtieron de mi presencia y éste salió a mi paso.
¡Hola!, dije instintivamente.
Pronto descubrí que ese guardia era el mismo que el martes no me quiso sellar la entrada. Comenzaba a maldecirme por enésima vez cuando muy sonriente me dijo: “¡Ah, eres el del sábado!”
Tomó mi pasaporte y mientras buscaba el sello de entrada, Jekyll abrazó a Hyde.
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