Todo comenzó el sábado mientras comía. El azar me llevó a ver una corrida por televisión. Más que el espectáculo me atraparon los modos de los comentaristas. Una tríada de magos Septién pero con la espesura del chapopote. De ellos aprendí que la fiesta de los toros en realidad es La liturgia taurina. Así pues, mi comida estuvo acompañada por algunos olés.
Al día siguiente el mismo azar me llevó a Las Ventas. Me apersoné en la taquilla pidiendo a Dios que no hubiera boletos pues no quería gastar. Cuál es la entrada más barata, pregunté, 4.50 me respondió. Ni hablar. Podía pagarla.
Ya en la penúltima fila decidí sentarme en la última. No quería que la gente me viera evitar los momentos de muerte.
Apenas comenzó la corrida descubrí que lo mejor no ocurre en el ruedo. Los fieles, los parroquianos, son un espectáculo. Delante de mi estaba Doña Antonia, una señora de 80 años que presumía tener 56 yendo a los toros. Todo mundo la saludaba. Hubo hasta quien le regaló una caja con mazapanes de Toledo, los cuales repartió entre los que la rodeábamos.
Luego llegaron los turistas. Un grupo de italianas que así como llegó se fue al enterarse de qué se trataba el convite.
El primer toro rascaba la tierra como si fuera a envestir a Bugs Bunny. Un gesto lleno de furia. Sin embargo, el torero no le halló el modo y lo desperdició. Eso lo sé porque Doña Antonia lo dijo.
El segundo fue un toro muy distraído. Creo que tenía déficit de atención.
El tercero valió la pena porque el novillero que lo toreo salió a ganarse al público. Se rifó en cada lance del toro. Mereció que Doña Antonia sacara su pañuelo blanco para que se le premiara.
El cuarto para el olvido. Ni recuerdo el nombre del toro.
Los restantes tenían nombres que invitaban a los cobardes a volverse valientes. El quinto, “Amable”, fue desaprovechado. El torero llevaba prisa. Grité “despacio, más despacito”. Doña Antonia celebró mi comentario dándome otro Mazapán. Creo que fui su alumno más destacado de la tarde.
El sexto, “Osito”, tuvo la “suerte” de encontrar la muerte en manos de un novillero que le dio sentido a su ímpetu y a su bravura. Supongo que así como un buen actor desea morir en el escenario, Osito, si hubiera deseado morir, habría preferido el ruedo a un cuento infantil. Por lo demás, el novillero se ganó una oreja, el aplauso del público, su primera salida a hombros, pero sobretodo, el respeto y reconocimiento de Doña Antonia.

1 comentario:
Deberían cambiar las reglas. Debería morir el torero y el toro ser celebrado. Pero bueno, supongo que el asesinato sólo es malo si la víctima es "civilizada."
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