Uno de mis temores antes de venir eran las temperaturas por debajo de los 10°. Por ello, me di a la tarea de recopilar algo de ropa entre mis amigos que habían vivido inviernos por debajo de 0°. Por ahí salieron unos calcetines de lana, por allá un artilugio que para cubrir el cuello, alguien más me prestó un abrigo, y así la lista sigue. Cuatro meses después las temperaturas han subido poco más de 30°. Afortunadamente, el lugar en donde vivo tiene un par de albercas.
Ayer al salir de mi lugar de trabajo los 39° me pusieron en fase Michael Phelps. Llegué a casa y debajo de la ropa térmica que nunca usé encontré mi traje de baño. Saqué las chanclas y la toalla. Me iba a preparar unas galletas saladas con atún pero ya no daba tiempo.
Ayer al salir de mi lugar de trabajo los 39° me pusieron en fase Michael Phelps. Llegué a casa y debajo de la ropa térmica que nunca usé encontré mi traje de baño. Saqué las chanclas y la toalla. Me iba a preparar unas galletas saladas con atún pero ya no daba tiempo.
En el camino vi pasar a toda velocidad un pequeño auto eléctrico (uno de esos que usan los discapacitados para hacer el súper). El tripulante era Ferni, un tipo de unos 35 ó 40 años, muy particular, algo tocado. Semanas antes lo había visto dar vueltas por el estacionamiento como quien está probando un nuevo alerón o el agarre de las llantas. Pero esta vez Ferni con el pedal hasta el fondo se embarró contra un árbol. La hipótesis de que estaba zafado había sido constatada empíricamente.
Me acerqué tan rápido como las chanclas me lo permitían. Ferni seguía sentado en el vehículo pero con la cabeza completamente echada hacia atrás. Durante un momento pensé que se le desprendería. Le pregunté si estaba bien. No contestaba. Sí respiraba. Hice uso de mis conocimientos en primeros auxilios, grité ¡Auxilio! ¡Ayuda! Pronto se acercaron unas sexagenarias. Madre mia, Ferni! dijo una. La otra, más avispada, salió “corriendo” a avisar a los familiares del accidentado.
Había que hacer algo. La posición de la cabeza podía desestabilizarlo. Con la seguridad de quien sólo maneja carne en el supermercado le enderecé la cabeza. Poco a poco Ferni volvió en sí. Al poco rato llegó la hermana Ferni y nos aclaró el misterio. Ferni sufre de epilepsia. Afortunadamente el medicamento que toma evita que se convulsione como en las películas.
Sin embargo, lo mejor ocurrió cuando me iba. Al pasar por en frente del vehículo, descubrí que en la facia está pegada una estampita de Ferrari (eso explicaba las vueltas en el estacionamiento). Más que un James Dean en Rebelde sin causa, Ferni era un piloto escarlata en el circuito de Majadahonda. Antes de irme le haré un casco de papel maché. Lo pintaré de rojo y le pondré la leyenda Ferni Räikkönen: Made in Hell.
Después del accidente volví a mi propósito original. La alberca esperaba al tritón mexicano. Ya en la alberca dejé las cosas y corrí, salté en fantástica posición “o” para completar un clavado de bomba. Comencé las braceadas pero serias contracciones se apoderaron de mis músculos. Mi cuerpo reparó ante el brusco cambio de temperatura. Salí como pude. Era muy peligroso nadar así. Resolví volver a casa. No obstante, el destino estaba de mi parte. Creo que haber ayudado a Ferni me había hecho acreedor a un premio. El chapoteadero había quedado libre...
1 comentario:
Jajajajaja a la próxima Ferni meterá el cochectio a la alberca.
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