martes, junio 23, 2009

Calor

Uno de mis temores antes de venir eran las temperaturas por debajo de los 10°. Por ello, me di a la tarea de recopilar algo de ropa entre mis amigos que habían vivido inviernos por debajo de 0°. Por ahí salieron unos calcetines de lana, por allá un artilugio que para cubrir el cuello, alguien más me prestó un abrigo, y así la lista sigue. Cuatro meses después las temperaturas han subido poco más de 30°. Afortunadamente, el lugar en donde vivo tiene un par de albercas.
Ayer al salir de mi lugar de trabajo los 39° me pusieron en fase Michael Phelps. Llegué a casa y debajo de la ropa térmica que nunca usé encontré mi traje de baño. Saqué las chanclas y la toalla. Me iba a preparar unas galletas saladas con atún pero ya no daba tiempo.
En el camino vi pasar a toda velocidad un pequeño auto eléctrico (uno de esos que usan los discapacitados para hacer el súper). El tripulante era Ferni, un tipo de unos 35 ó 40 años, muy particular, algo tocado. Semanas antes lo había visto dar vueltas por el estacionamiento como quien está probando un nuevo alerón o el agarre de las llantas. Pero esta vez Ferni con el pedal hasta el fondo se embarró contra un árbol. La hipótesis de que estaba zafado había sido constatada empíricamente.
Me acerqué tan rápido como las chanclas me lo permitían. Ferni seguía sentado en el vehículo pero con la cabeza completamente echada hacia atrás. Durante un momento pensé que se le desprendería. Le pregunté si estaba bien. No contestaba. Sí respiraba. Hice uso de mis conocimientos en primeros auxilios, grité ¡Auxilio! ¡Ayuda! Pronto se acercaron unas sexagenarias. Madre mia, Ferni! dijo una. La otra, más avispada, salió “corriendo” a avisar a los familiares del accidentado.
Había que hacer algo. La posición de la cabeza podía desestabilizarlo. Con la seguridad de quien sólo maneja carne en el supermercado le enderecé la cabeza. Poco a poco Ferni volvió en sí. Al poco rato llegó la hermana Ferni y nos aclaró el misterio. Ferni sufre de epilepsia. Afortunadamente el medicamento que toma evita que se convulsione como en las películas.
Sin embargo, lo mejor ocurrió cuando me iba. Al pasar por en frente del vehículo, descubrí que en la facia está pegada una estampita de Ferrari (eso explicaba las vueltas en el estacionamiento). Más que un James Dean en Rebelde sin causa, Ferni era un piloto escarlata en el circuito de Majadahonda. Antes de irme le haré un casco de papel maché. Lo pintaré de rojo y le pondré la leyenda Ferni Räikkönen: Made in Hell.
Después del accidente volví a mi propósito original. La alberca esperaba al tritón mexicano. Ya en la alberca dejé las cosas y corrí, salté en fantástica posición “o” para completar un clavado de bomba. Comencé las braceadas pero serias contracciones se apoderaron de mis músculos. Mi cuerpo reparó ante el brusco cambio de temperatura. Salí como pude. Era muy peligroso nadar así. Resolví volver a casa. No obstante, el destino estaba de mi parte. Creo que haber ayudado a Ferni me había hecho acreedor a un premio. El chapoteadero había quedado libre...

martes, junio 09, 2009

Toros como nunca

Todo comenzó el sábado mientras comía. El azar me llevó a ver una corrida por televisión. Más que el espectáculo me atraparon los modos de los comentaristas. Una tríada de magos Septién pero con la espesura del chapopote. De ellos aprendí que la fiesta de los toros en realidad es La liturgia taurina. Así pues, mi comida estuvo acompañada por algunos olés.

Al día siguiente el mismo azar me llevó a Las Ventas. Me apersoné en la taquilla pidiendo a Dios que no hubiera boletos pues no quería gastar. Cuál es la entrada más barata, pregunté, 4.50 me respondió. Ni hablar. Podía pagarla.

Ya en la penúltima fila decidí sentarme en la última. No quería que la gente me viera evitar los momentos de muerte.

Apenas comenzó la corrida descubrí que lo mejor no ocurre en el ruedo. Los fieles, los parroquianos, son un espectáculo. Delante de mi estaba Doña Antonia, una señora de 80 años que presumía tener 56 yendo a los toros. Todo mundo la saludaba. Hubo hasta quien le regaló una caja con mazapanes de Toledo, los cuales repartió entre los que la rodeábamos.

Luego llegaron los turistas. Un grupo de italianas que así como llegó se fue al enterarse de qué se trataba el convite.

El primer toro rascaba la tierra como si fuera a envestir a Bugs Bunny. Un gesto lleno de furia. Sin embargo, el torero no le halló el modo y lo desperdició. Eso lo sé porque Doña Antonia lo dijo.

El segundo fue un toro muy distraído. Creo que tenía déficit de atención.

El tercero valió la pena porque el novillero que lo toreo salió a ganarse al público. Se rifó en cada lance del toro. Mereció que Doña Antonia sacara su pañuelo blanco para que se le premiara.

El cuarto para el olvido. Ni recuerdo el nombre del toro.

Los restantes tenían nombres que invitaban a los cobardes a volverse valientes. El quinto, “Amable”, fue desaprovechado. El torero llevaba prisa. Grité “despacio, más despacito”. Doña Antonia celebró mi comentario dándome otro Mazapán. Creo que fui su alumno más destacado de la tarde.

El sexto, “Osito”, tuvo la “suerte” de encontrar la muerte en manos de un novillero que le dio sentido a su ímpetu y a su bravura. Supongo que así como un buen actor desea morir en el escenario, Osito, si hubiera deseado morir, habría preferido el ruedo a un cuento infantil. Por lo demás, el novillero se ganó una oreja, el aplauso del público, su primera salida a hombros, pero sobretodo, el respeto y reconocimiento de Doña Antonia.

jueves, junio 04, 2009

Fútbol como nunca

En las últimas semanas he vivido algunos momentos futbolísticos que me han hecho recuperar la fe perdida en “El juego del hombre”.

El primero fue el 4-3 del Atlético de Madrid al FC Barcelona.
Trepidante, delirante. Me quedo con la estampa del aficionado rojiblanco al caer el cuarto gol del Aleti: Hincado, con los brazos extendidos y el rostro apuntando al cielo, con la boca abierta en forma de una gran “O”, tan grande que se le podía practicar una endoscopía sin anestesia –llamémosla, la endoscopía del gol-, con los pulmones en la atmósfera del Vicente Calderón. Además, con la gracia para salir del transe mediante un beso a la novia. Mostró ser un rematador certero, un crack del amor.

Otro momento fue mi fichaje y participación en el Chana FC (antes Real Getafe Sector 3 Fútbol Club).
El tiempo operó en nuestra contra. Los partidos duran 90 minutos, pero nosotros con sólo dos mediocampistas ya acumulábamos 90 años. Mejoramos al paso de los juegos, pero sólo pudimos jugar dos veces. Los torneos no entienden de evolución.Con todo, caímos como los grandes, como los equipos que apuestan por la meta contraria sin importar la propia. En esos dos partidos nuestro portero estuvo tan solo como Jesús en el desierto. Temimos que el aislamiento lo enloqueciera. Por suerte los delanteros rivales le hicieron compañía. El primer equipo lo invitó a recoger 10 veces el balón dentro de nuestra portería, el segundo se conformó con dos. Nominalmente, nosotros marcamos tres veces, dos de penal y otro que el árbitro nos regaló como si se tratara de una oferta de supermercado, una suerte de 3x2.

Pero este año, mejor que jugar fútbol, fue ver jugar al Barcelona. En Baeza, cerca de donde nació Joaquín Sabina y cerca también de donde nació El Divo de Linares, vi el 2-6 del Barça al Madrid. Los blancos se pusieron adelante con gol de Higuaín. Los aficionados madridistas se dejaron ver como neandertales, pero con cada gol de los blaugranas los merengues evolucionaron. La mayoría desarrollaron sentimientos, los más avanzados lloraron con el sexto de Piqué.

El estrés y el éxtasis llegó el día del Chelsea versus Barcelona en la vuelta de las semifinales de la Champions League. Como si se tratara de la madre de todos los dramas, el juego se resolvió en el último minuto.
Primero Essien tocó la gloria con la pierna izquierda. Se llenó de balón. Pateó como si con ello se asegurara un lugar en el paraíso. Pero el destino se encargó de regresarlo al mundano campo de Stamford Bridge. La otrora pierna heroína se convirtió en la villana al abanicar un balón que llegó a Messi, quien pasó a Iniesta y éste como el más grande la metió en el ángulo. La historia encuentra espacios inverosímiles para repetirse: Goliat Cech cayó de nuevo ante David Iniesta. Es más, si el gol de Essien merece una postal, el de Iniesta no acepta menos que una pintura o un monumento. Sin duda van Gogh y Rodin habrían encontrado inspiración en ese instante.

Y bueno, qué decir de la final de la Champions en Roma. Me quedo con la forma en que un periodista español anunció el once inicial del Barça: Lucio Valdés, Casio Piqué, Espartaco Puyol, Augusto Silvinho, Tito Yayá Touré, Marco Aurelio Xavi, Julio César Iniesta, Máximo Messi, Marco Antonio Eto’o y Octavio Henry.