La visita a Mérida tuvo lo suyo. Exploré partes de la península en tour (los viáticos lo permitían); pero lo mio, lo mio, lo que se dice lo mio es mezclarme con la gente del lugar, con los lugareños, con los aldeanos, con los naturales. Así fue como fui a Chichén Itzá: me trepé en un camión que hizo como 4 horas y que pasó por cuanto pueblo se podía pasar sin repetir.
En ese Magical Mystery Tour probé las empanadas de camote (me hizo falta un vaso de leche porque casi muero ahogado al querer comerla), las bolsas de mandarinas con chile piquín y el agua de pitaya.
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