jueves, noviembre 26, 2009

A reír

Alexander Herzen -cita Bajtin- observa que la risa contiene algo revolucionario. La risa de Voltaire destruyó las lágrimas de Rousseau... Nadie se ríe en la iglesia, en el palacio, en la guerra, ante el jefe de la oficina, mucho menos ante el comisario de policía o el administrador alemán. Los sirvientes no se atreven a reír ante el amo. Sólo los de igual condición se ríen entre sí. Reírse del buey Apis es convertir al animal sagrado en un toro vulgar.

Sergio Pitol

jueves, noviembre 12, 2009

Operación Andorra

Epílogo

Salí de Majadahonda con la cara y el ánimo de un fanático de los funerales. El trayecto a Barajas transcurrió sin problema y el que me llevó a Heathrow, igual. Sin embargo, ¿quién me iba a decir que viviría una suerte de desenlace alternativo de Operación Andorra al llegar a la ciudad de México?

Después de once despostilladoras horas aterrizamos en el Monstruito Federal. Al llegar al control migratorio entregué mi pasaporte al oficial en turno. Lo tomó y lo pasó por el escáner. Sin decirme nada comenzó a ejercitar el cuello cuando movía la cabeza repetidas veces entre el monitor de la computadora, mi cara y el pasaporte.

-¡Pero usted ya entró, no lo puedo dejar entrar otra vez!. –Me dijo con una sonrisa que delataba su felicidad por salir de la rutina del: “¡Buenas!”, pasaporte al escáner, sello al pasaporte, “Bienvenido a México”.

Mis ojos comenzaron a irse hacia atrás recordando todas las penurias migratorias en España. Alcancé a salir del trance en el que estaba cuando respondiendo a su sonrisa le dije:

-¿Cómo que ya entré, si vengo llegando?

- A ver, acompáñeme; parece que tiene un homónimo. –Respondió el oficial.

Caminé detrás del agente maldiciendo el despertar de la pesadilla donde Mr. Hyde se adelanta a Jekyll y le tiende una trampa migratoria.

Me condujo a una habitación blanca, sin ventanas, con un único foco que emitía un extraño zumbido y que de vez en vez parpadeaba dejándome en una intermitente oscuridad. Me dejó bajo la custodia de un guardia, que fiel a las autoridades migratorias, no supo informarme lo que estaba pasando.

Al final, tuve que esperar treinta minutos para que regresara mi captor. Me entregó una carta que tuve que firmar y que básicamente decía que yo era quien era, que no me parecía a nadie y que no había ingresado al país antes. Después: sello al pasaporte, “Bienvenido a México”.