Al poco tiempo de volver al DF tomé un autobús para ir a la Fortaleza de la Soledad –el trayecto puede ser cubierto a pie en 30 minutos, pero si llevas prisa puedes tomar un autobús que hace 45.
Conmigo se subió un señor con guitarra en mano. Los dos nos situamos de pie a mitad del autobús, él para que su voz se escuchara en estéreo y yo para minimizar la distancia a un eventual asiento desocupado.
Kilómetros más tarde, el conductor del autobús se detuvo en segunda fila porque ya llevaba varios minutos sin infringir el reglamento de tránsito. La maniobra provocó que el automovilista que corría pegado a la acera no pudiera avanzar y, por supuesto, desató su ira.
El automovilista apenas pudo, y al ritmo de El que me la hace, me la paga, avanzó para cerrar el paso al autobús. Histérico bajó del auto. El conductor, previsor o marica, según se vea, cerró la puerta del autobús. El agraviado se acercó a la ventanilla del conductor metiendo la mano entre el saco, como si fuera Eliot Ness buscando una pistola en la sobaquera, para sacar lo que parecía una placa de alguna corporación policiaca.
Como era de esperarse, la parte frontal del autobús comenzó a rendirle tributo al dios del estrés. En cambio, la barbarie juvenil que ocupaba la parte trasera se entretenía con las melodías del Dylan del subdesarrollo. Así, a mi derecha tenía un ir y venir de malas palabras (Vas a ver hijo de la chingada, no sabes con quien te metes… A mi me la pelas; cuando quieres te meto unos chingadazos… Yo soy la ley; ya te cargó la chingada… Hay una ley más grande que tu ley; ya verás cabrón…), y a mi izquierda un público que entre aplausos pedía otra, otra, otra…
Al final, ni golpes, ni canciones. Simplemente, al bajar me sentía como la representación iconográfica del teatro.
Con todo, sigo pensando que la ciudad de México es más tranquila y segura que ciudad Gótica y Metrópolis juntas.