martes, septiembre 14, 2010

La batalla por defender mi palabra


Cuando inicié mis estudios nunca imaginé que en ello se me pudiera ir la vida.
Aun cuando la defensa de mi tesis estaba programada para las 11:00am, decidí llegar un tanto antes para inspeccionar el terreno, para ocultar las lanzas y las flechas, para esconder los dardos paralizantes debajo de la mesa y para introducir una cápsula de cianuro en una cavidad del mouse.

Antes de ello, fui a la unidad de cómputo a darle los últimos toques a mi presentación. En esas estaba cuando sonó la alarma de incendio.

Paréntesis. La semana pasada hubo un simulacro en el colegio. Un guardia de la biblioteca, con walkie talkie en mano, nos ordenó abandonar La Fortaleza de la Soledad. Hizo tan bien su trabajo que todos salimos recitando el conocido: No corro, no empujo… no corro, no empujo”. Es más, ahora pienso que sólo le faltó el “¡¡¡Alerta roja, alerta Roja!!! ¡¡¡Esto NO es un simulacro!!!”. Fin de paréntesis.

Inmediatamente pensé que se trataba de otro simulacro. En dos segundos decidí desarrollar y ejercitar una nueva acepción del concepto Desobediencia civil. Resolví hacer caso omiso de la petición de abandonar la sala de cómputo, pero un policía acompañado de una estela de humo y de un sonoro “Éste no es un simulacro, se está quemando el edificio”, me hicieron reconsiderar mi posición.

Entre desconcierto, tosidos y ojos llorosos, salimos todos del infierno informático. Acordonaron el lugar. Sólo las personas que se hablan de tú con las llamas pudieron entrar. Ingresaron con mascarillas y extintores para comenzar las negociaciones. El humo tenía rehenes, todos ellos inanimados, entre los que se encontraba mi mochila, mi lap top, mi memoria usb, mi guión de defensa, mi .ppt con camuflaje.

Paréntesis. Ante el dolor el cerebro es selectivo: un intenso dolor desaparece si acontece un dolor más fuerte. Si me duele la uña del dedo meñique de la mano izquierda, tal vez lo puedo solucionar mutilando por completo mi mano derecha. Creo que con el estrés ocurre algo similar. El estrés del incendio prácticamente desapareció el estrés por la defensa de la tesis. Fin de paréntesis.

Sobre las 10:30am quedó resuelto el incidente: se quemó el motor de un ascensor de carga cercano a la sala de cómputo. A las 10:35am ya tenía mis cosas conmigo. A las 10:36am me di cuenta que ya no tenía caso realizar un último ensayo; ya casi eran las mil cien horas y había que estar en el frente para librar la batalla por defender mi palabra.

La anécdota del conato de incendio me sirvió para arrancar con la defensa: “Nunca pensé que el doctorado me fuera a costar la vida…”. El “enemigo”, convertido en jurado, bajó la guardia, sonrió. Los espectadores, también. Como dicen los clásicos: “El que se ríe, se lleva”. Lámina a lámina el “enemigo” fue capitulando y los espectadores fueron engrosando mis filas.

Hubo un último intento del jurado por ponerme con la espalda en la lona y la cara hacia las candilejas. Movimientos de cintura me alejaron de buena parte del daño. Salí de entre las cuerdas esgrimiendo algunas respuestas. La embestida no me causó daños de consideración, simplemente me dejó algunas cicatrices que harán inolvidable la batalla. Como dice Tom Waits en Goin’ out West

I don't need no make up
I got real scars [...]
Well my friends think I'm ugly
But I got a masculine face.




sábado, marzo 06, 2010

Al borde de los 33

Se solicitan hombres y mujeres entusiastas para conformar secta. Gratificación: en 2mil años seremos más grandes que los Beatles.

lunes, febrero 22, 2010

Hogar dulce hogar

El Distrito Federal como otras grandes metrópolis produce bipolaridad. Sus habitantes viven amándola y odiándola al mismo.

Al poco tiempo de volver al DF tomé un autobús para ir a la Fortaleza de la Soledad –el trayecto puede ser cubierto a pie en 30 minutos, pero si llevas prisa puedes tomar un autobús que hace 45. 

Conmigo se subió un señor con guitarra en mano. Los dos nos situamos de pie a mitad del autobús, él para que su voz se escuchara en estéreo y yo para minimizar la distancia a un eventual asiento desocupado.

Kilómetros más tarde, el conductor del autobús se detuvo en segunda fila  porque ya llevaba varios minutos sin infringir el reglamento de tránsito. La maniobra provocó que el automovilista que corría pegado a la acera no pudiera avanzar y, por supuesto, desató su ira.

El automovilista apenas pudo, y al ritmo de El que me la hace, me la paga, avanzó para cerrar el paso al autobús. Histérico bajó del auto. El conductor, previsor o marica, según se vea, cerró la puerta del autobús. El agraviado se acercó a la ventanilla del conductor metiendo la mano entre el saco, como si fuera Eliot Ness buscando una pistola en la sobaquera, para sacar lo que parecía una placa de alguna corporación policiaca.

Como era de esperarse, la parte frontal del autobús comenzó a rendirle tributo al dios del estrés. En cambio, la barbarie juvenil que ocupaba la parte trasera se entretenía con las melodías del Dylan del subdesarrollo. Así, a mi derecha tenía un ir y venir de malas palabras (Vas a ver hijo de la chingada, no sabes con quien te metesA mi me la pelas; cuando quieres te meto unos chingadazosYo soy la ley; ya te cargó la chingadaHay una ley más grande que tu ley; ya verás cabrón…), y a mi izquierda un público que entre aplausos pedía otra, otra, otra…

Al final, ni golpes, ni canciones. Simplemente, al bajar me sentía como la representación iconográfica del teatro.

Con todo, sigo pensando que la ciudad de México es más tranquila y segura que ciudad Gótica y Metrópolis juntas.

martes, enero 26, 2010

BiCenteNetas

"Uno de los problemas de ser mexicano es que otros también lo son... las noticias indican que somos víctimas de algo que podríamos denominar "maldición del escudo". Unos se creen águilas y otros serpientes..."
Juan Villoro, Penca y pastelazo, Reforma 22.01.10