Cuando inicié mis estudios nunca imaginé que en ello se me pudiera ir la vida.
Aun cuando la defensa de mi tesis estaba programada para las 11:00am, decidí llegar un tanto antes para inspeccionar el terreno, para ocultar las lanzas y las flechas, para esconder los dardos paralizantes debajo de la mesa y para introducir una cápsula de cianuro en una cavidad del mouse.
Antes de ello, fui a la unidad de cómputo a darle los últimos toques a mi presentación. En esas estaba cuando sonó la alarma de incendio.
Paréntesis. La semana pasada hubo un simulacro en el colegio. Un guardia de la biblioteca, con walkie talkie en mano, nos ordenó abandonar La Fortaleza de la Soledad. Hizo tan bien su trabajo que todos salimos recitando el conocido: No corro, no empujo… no corro, no empujo”. Es más, ahora pienso que sólo le faltó el “¡¡¡Alerta roja, alerta Roja!!! ¡¡¡Esto NO es un simulacro!!!”. Fin de paréntesis.
Inmediatamente pensé que se trataba de otro simulacro. En dos segundos decidí desarrollar y ejercitar una nueva acepción del concepto Desobediencia civil. Resolví hacer caso omiso de la petición de abandonar la sala de cómputo, pero un policía acompañado de una estela de humo y de un sonoro “Éste no es un simulacro, se está quemando el edificio”, me hicieron reconsiderar mi posición.
Entre desconcierto, tosidos y ojos llorosos, salimos todos del infierno informático. Acordonaron el lugar. Sólo las personas que se hablan de tú con las llamas pudieron entrar. Ingresaron con mascarillas y extintores para comenzar las negociaciones. El humo tenía rehenes, todos ellos inanimados, entre los que se encontraba mi mochila, mi lap top, mi memoria usb, mi guión de defensa, mi .ppt con camuflaje.
Paréntesis. Ante el dolor el cerebro es selectivo: un intenso dolor desaparece si acontece un dolor más fuerte. Si me duele la uña del dedo meñique de la mano izquierda, tal vez lo puedo solucionar mutilando por completo mi mano derecha. Creo que con el estrés ocurre algo similar. El estrés del incendio prácticamente desapareció el estrés por la defensa de la tesis. Fin de paréntesis.
Sobre las 10:30am quedó resuelto el incidente: se quemó el motor de un ascensor de carga cercano a la sala de cómputo. A las 10:35am ya tenía mis cosas conmigo. A las 10:36am me di cuenta que ya no tenía caso realizar un último ensayo; ya casi eran las mil cien horas y había que estar en el frente para librar la batalla por defender mi palabra.
La anécdota del conato de incendio me sirvió para arrancar con la defensa: “Nunca pensé que el doctorado me fuera a costar la vida…”. El “enemigo”, convertido en jurado, bajó la guardia, sonrió. Los espectadores, también. Como dicen los clásicos: “El que se ríe, se lleva”. Lámina a lámina el “enemigo” fue capitulando y los espectadores fueron engrosando mis filas.
Hubo un último intento del jurado por ponerme con la espalda en la lona y la cara hacia las candilejas. Movimientos de cintura me alejaron de buena parte del daño. Salí de entre las cuerdas esgrimiendo algunas respuestas. La embestida no me causó daños de consideración, simplemente me dejó algunas cicatrices que harán inolvidable la batalla. Como dice Tom Waits en Goin’ out West:
I don't need no make up
I got real scars [...]
Well my friends think I'm ugly
But I got a masculine face.