A todas las princesas mortales,
Ayer conocí a una pequeña Cenicienta, que cuando no está preocupada por sus zapatillas de cristal, su vestido y la fiesta en el castillo del príncipe azul, responde al nombre de Mía y tiene menos de 3 años.
Me hinqué y la tomé de la mano. La invadí con un comando de preguntas: ¿Cenicienta, dónde has estado todo este tiempo? ¿Te he estado buscando desesperadamente?
Hasta que su mirada reveló cierta incomodidad. Entonces suavicé el tono de mi incursión: Pero, ¿qué te pasa? Te noto confundida ¿necesitas algo?
Quiero hacer popó, me respondió.
Así fue como salí cual pitufo filósofo del país de nunca jamás, del reino donde todo es posible (menos que las princesas defequen).