Bueno, comienzo con la parte del terror de mi estancia en Guadalajara.
Ayer, cuando iba al trabajo de mi primo, me subí en el autobús infernal. Uno del tipo microbús del DF pero de los grandotes, de los de a 3.50 o 4.50 pesos. Para comenzar me dijo que no me podía dejar donde yo quería (la Minerva), pero que me dejaba a dos cuadras.
Me llevó por territorios insospechados. Apesar de ello me sentía tranquilo, pues iba conociendo el “otro” Guadalajara. No obstante, el centro de esta anécdota radica en contar lo que pasó cuando el chofer del camión vio a la distancia otro camión de la misma ruta, pues al mejor estilo de los microbuses del DF comenzó la persecución.
El camión en que viajaba era medio viejo, razón por la cual el vértigo se acentuaba más. Hubo un momento en la persecución donde mi vista estaba dirigida completamente hacia el conductor, pero de reojo veía por la ventana cómo las cosas se alargaban, como las estrellas que se convierten en rayas en Star Wars cuando el Halcón Milenario entra en el hiperespacio.
En ese momento le grité al chofer que qué prisa traía, que lo iba a reportar. Al final no sé si le valió madre o si cruzamos el umbral de la velocidad del sonido y por tanto las ondas de sonido producidas por mi voz en lugar de ir hacia delante iban hacia atrás. Así las cosas, pensar en pararme para decirle que no era divertido ir con el acelerador hasta el fondo era como pedir que me aventaran varias veces de una lado a otro de nuestra nave espacial.En eso estaba cuando entramos a una calle recta de doble sentido, pero con camellón. Espacio ideal para desarrollar toda la velocidad que nuestro Halcón Bicentenario conducido por nuestro Juan Solo podía dar.
Y cuando nuestra presa menos lo pensó le dimos alcance (he de decir que dentro de mi hubo un estallido de felicidad porque el malévolo conductor del destructor imperial nos había hecho lo que el viento a Juárez, el cual rematé con un: ¡A huevo!). Sin embargo, se me hace que como íbamos muy rápido también rebasamos el momento de gloria y le dimos alcance al momento de drama.

Resulta que un asteroide convertido en camioneta se frenó para dar vuelta en el retorno, lo cual ocasionó que saliéramos del hiperespacio de forma precipitada, dando pie a que nuestra nave espacial se coleara y que el destructor imperial nos diera un llegue por detrás que nos aventó al camellón intergaláctico, y esto a su vez dañó el sistema estabilizador de la nave y a punto estuvimos de dar vueltas y vueltas y vueltas y vueltas. Por suerte La Fuerza estuvo con nosotros y de estar momentáneamente en dos ruedas quedamos en cuatro. Uff!
Afortunadamente, ni Chewy, ni C3PO, ni R2D2, ni la princesa Leya, ni el piloto Juan Solo sufrieron golpe alguno... únicamente daños emocionales.
Así pues, después de esta experiencia me di cuenta que el sistema galáctico jalisquillo es bastante bonito como para conocerlo a la velocidad de la luz.
Fin.